martes, 31 de agosto de 2010

Menudo pecado

Volví a verte después de mucho tiempo, te vi desbordante de alegría, con esa simpatía que tus ojos se dedican a repartir. Tu silueta sinuosa y provocadora me atrajo de inmediato, resistirme sería vano.
Quería tomarte entre mis manos, deslizar mis dedos por tu húmedo cuerpo, palpar tu tiritar y poder saborearte una y mil veces más. Tu color se ha tatuado en mis brillosas pupilas de tal manera que hasta la niña de mi ojo derecho está celosa ante tu belleza. ¡Caray! sí que estabas muy interesante, muy tú.
Yo en unas fachas que para nada me hacían merecedor de tanta gracia; trataba de ocultar mis sobrantes partes, no podía presentarme ante ti de esa manera, pero no había marcha atrás. Ya estábamos ambos en ese momento, solos, pero rodeados de todo el universo que nos daba la espalda cual cómplices de este pecado, dulce pecado.
Sonreíste iluminando la mañana, empecé a temblar, quería tomarte ya. Pero con cautela, como que van mejor las cosas. Charlamos, parecíamos dos adolescentes nerviosos de las miradas ajenas, de aquellas personas que desaprobarían este hechizo. Pensé en llevarte a otro lado, pensé poder ocultarme y deleitarme con tu hermosura, con tu sabor natural (a veces ácido pero muchas veces azucarado).
Soy un cobarde, no me atrevo a asirte, a poseerte, a arrancarte de ese lugar frío. Pues temo que esto pueda acabar de la peor manera, temo que acabe por arruinarte y hacerte perder ese encanto. Soy honesto en aceptar que mejor ha de ser que no te posea, mejor te dejo en esa vitrina fría y yo guardaré en mis adentros la pecaminosa idea de haberte hecho parte de mi, de haberme alimentado de tu verdor; mejor te digo adiós, ¡adiós mi dulce HELADO DE LIMÓN!

1 comentario:

Fapi dijo...

ahhhh... la dieta...